El abrazo de Patricia

Conocí a Patricia hace poco menos de año y medio. La verdad es que salvo su sonrisa cuando nos cruzamos por la calle, y esta historia breve que voy a contar, nada más se de su vida. Pero este encuentro breve que voy a contar, no se me borra del recuerdo, y más aún, me ha hecho querer escribirlo para que pueda despertar una sonrisa en otros.  Es un simple gesto que en aquel momento, me emocionó.

Patricia es comercial en una tienda de telefonía en una ciudad de tamaño medio. Nunca había accedido al interior de la misma y de hecho casi no había reparado en ese espacio a pesar de estar en un sitio céntrico de la ciudad. En esta ocasión tuve que acudir a la misma para realizar un trámite de cambio de titularidad de una línea de teléfono. Mi padre había fallecido unos meses atrás y esta tarea estaba pendiente. Como puede pasar alguna vez, la gestión que intentábamos realizar no pudo completarse tras casi hora y media de estar allí (entre la espera para que nos atendieran y las acciones propias del cambio).  Cuando ya llevábamos un rato largo con el trámite y la persona que nos atendía no conseguía acabarlo, Patricia se acercó para ayudar a su compañero. Sin embargo, tras varios intentos y muchas disculpas, nos pidió que volviésemos por la tarde para poder dejar la operación realizada.  Un fallo informático no permitía completar la misma.

Lo cierto es que a pesar de la incomodidad, y con el inicial enfado ya disipándose, decidimos volver por la tarde para poder quitar esta tarea de la interminable lista de cosas que uno tiene que dejar hechas en estas circunstancias. Cuando acudimos, no había ningún otro cliente y Patricia era la única persona que trabajaba en aquel momento, así que tras reconocernos y volver a disculparse, nos dio la buena noticia de que todo había vuelto a funcionar. Nos acercó unas sillas y mientras imprimía el nuevo contrato empezó a charlar con mi madre, que seguía terriblemente triste a pesar del tiempo pasado. Apenas conseguía que le siguiera la conversación, pero ella se esforzaba en mantener el contacto visual con mi madre, y nos habló también de la suya, de trucos que ella utilizaba para salir de esos días más tristes, de acciones sencillas que podían mantenerla entretenida y ocupada.

Creo que la conversación con Patricia fue un pequeño regalo que nos encontramos esa tarde. Cuando ya todos los papeles estaban firmados y preparados para llevárnoslos, Patricia nos despidió con una gran sonrisa. Pero justo cuando nos disponíamos a darnos la vuelta para acercarnos a la puerta, ella llamó a mi madre por su nombre y le dijo: «¿Puedo darte un abrazo?». Mi madre le dijo que sí, y yo me quedé mirando como alguien desconocido, tras una gestión del día a día sin importancia, se acaba convirtiendo en ese regalo que te toca el corazón. El abrazo fue delicado, bonito, lento… de esos que abrigan el corazón. Cuando ya se despidieron, yo le di las gracias – diría que con los ojos humedecidos -, y salimos de la tienda para continuar con el resto de la tarde.

Lo cierto es que, como decía al principio, ha pasado ya más de año y medio, y no he vuelto a entrar en la tienda. Seguimos cruzándonos esporádicamente con Patricia y casi siempre nos saludamos. Ella no sé si se acordará de quiénes somos salvo clientes de su tienda, pero cuando yo modulo mi hola a distancia, hago presente ese abrazo que fue, y doy gracias por ese gesto, y doy gracias porque Patricia, ese día, se cruzara en nuestras vidas.